sábado, 8 de enero de 2011

Capítulo uno:



Arturo Baught estaba en una esquina. Llevaba su uniforme habitual: los vaqueros azul oscuro que ya no se quitaba ni para dormir, siempre preparado para escapar, su remera roja (que a veces cambiaba por la de alguna banda, pero no siempre), sus zapatillas y su campera de vaquero, rota por tanto usarla. Miraba a su compañero desde la cuadra de enfrente. Sabía que ante cualquier dificultad podía huir, o intervenir. No era tan hijo de puta. Debería intervenir. Por más que eso implicara terminar atrapado. Aunque ya en esta circunstancia estar atrapado implicaría estar finalmente alejado de todo peligro.
-¿Por qué tardará tanto?
Augusto Schobe, su compañero desde que huyeron de ese distrito de suicidas, ahora una Zona Roja, no era de tardar tanto. Menos para un trabajo así.
Habían acordado que uno vigilaba y el otro entraba al local. Era simplemente entrar, encapuchado, llevarse el dinero, que no sonaba muy difícil, puesto que en ese lugar no había cajeros armados, e irse.
Pero Augusto tardaba mucho. Eso preocupó a Arturo. No quería intervenir, pero no tenía otra opción. Apenas el semáforo se puso en rojo, cruzó, tranquilamente, hacia el supermercado. No era que le gustaba robar, pero tenía que hacer ver a los del Consejo que eran gente peligrosa, y más bien les convenía dejarlos en paz que seguir mandando agentes (los pocos que quedaban en ese momento) a eliminar a los dos enemigos principales.
-Nadie puede escapar del Consejo Que Dirige Nuestros Destinos- le había dicho un día su compañero William Kirkland.
-Pienso que el nombre es simbólico.
-Lo es, pero el Consejo es muy poderoso. Los pocos agentes que lo desafían mueren.
-Estos idiotas están peleando contra sus propios agentes. En algún momento nosotros nos revelaremos.
-Espero no vivir para verlo.
-Espero que lo veas.
-¿Por qué?
-Puede que se te acabe ese bajón.
-No lo creo. Nunca se va a ir.
Arturo entró al Supermercado. Su amigo tenía el dinero y dos Coca-colas chicas y estaba saliendo. Así que Arturo salió con él, rogando porque nadie lo haya visto.
-Tardaste mucho- dijo Arturo.
-Es que cuando entré le pegué un tiro a la cámara, y después fui por algo para tomar porque estaba muerto de sed.
-Pasame una.
Augusto se sacó la máscara de Macri que llevaba puesta y le pasó a su compañero una Coca-cola.
-Gracias, che.
-De nada.
Se subieron a un colectivo 103 que pasaba por allá.
-Dos hasta Parque Chacabuco- dijo Arturo.
El colectivero anotó el precio en su tablero loco. Arturo sacó las monedas del bolsillo derecho superior de la campera y las empezó a meter a lo loco. Finalmente sacó el boleto. El colectivo estaba vacío y sólo había unas cinco personas. Su amigo se había sentado delante de la puerta de salida y del lado de la ventana. Era un día caluroso y todo el mundo se quería sentar del lado de la ventana, con la misma abierta. Arturo se sentó del lado de la ventana en el asiento trasero al de su amigo. El aire fresco le pegaba en la cara. Le causó un poco de sueño. Iba con los ojos abiertos viendo la gran avenida Rivadavia. La calle más larga del mundo. Deseaba subirse a un colectivo que vaya de lado a lado, así podría ver cada negocio del lugar. Pero el paisaje no beneficiaba el sueño turista. Un chico de doce años asaltaba a un hombre en una esquina. Justó paró el colectivo por el semáforo en rojo. Arturo aprovechó la circunstancia. El chico llevaba una pistola 22 de las que se consiguen fácilmente. Arturo conservaba su 38 del barrio en el que había realizado la misión. La sacó de unos de sus bolsillos. Apuntó al chico y jaló del gatillo. El tambor del arma giró levemente. Una bala salió y penetró en la cabeza del chico. El hombre que estaba siendo asaltado creyó que el chorro le había disparado y sintió un calor en el estómago. Era su imaginación. Se revisó el vientre y vió que no había ninguna herida. Arturo se bajó del colectivo. La puerta estaba abierta. Justó se acababa de bajar un ejecutivo. Augusto lo siguió.
-Muchas gracias- dijo el hombre que había sido asaltado cuando los dos hombres se le acercaron. Temblaba mucho y se le quebraba la voz.
-No es nada- dijo Arturo-. Me da asco esa gente.
Augusto inspeccionó el cadáver. Le sacó la pistola, unos billetes, un celular, y una lata.
-Acá está la causa por la que lo asaltaba - dijo.
-¿Le sacó algo?
-Nn-nno-o.
-Bueno hasta luego.
Los dos agentes se retiraron.
-No podés andar disparándole a cada chorro que ves, Arturo.
-Es que me tentó la circunstancia.
-Mucha adrenalina.
-Exactamente. ¿Cuánto sacaste del supermercado?
-Quinientos ochenta y cuatro y monedas.
-¿Y del chorro?
-Veinticinco pesos.
-Tenemos algo.
-La cagada es que pagamos por un pasaje de colectivo y viajamos la mitad.
Los dos se rieron y siguieron caminando hasta encontrar otro colectivo.

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